DE QVADRATARIO TITVLORVM


[Para complementar este post, que, a través de una singular coincidencia, nos acerca, a cómo funcionaba una officina lapidaria, un taller de inscripciones, en época romana, debe verse, también, el primer álbum en Flickr de Oppida Imperii Romani: "Un quadratarius en el siglo XXI: el proceso material de una inscripción romana"]

Hace apenas un par de años tuve la enorme fortuna de vivir "en directo" -incluso podría decirse que de protagonizar- un hallazgo epigráfico. Fue en Los Bañales, naturalmente. En mis años de estudiante universitario, de la mano de la Dra. Dña. Angelines Magallón -hoy Catedrática de Arqueología de la Universidad de Zaragoza y miembro destacado del Grupo URBS- oí hablar de hallazgos como el sensacional de Labitolosa (La Puebla de Castro, Huesca) cuya publicación -que llegaría en 1995- hojeé siempre admirado entre la incredulidad y la fe, entre el que sabe que encontrar un conjunto epigráfico romano in situ es posible pero, también, es consciente de que resulta algo absolutamente extraordinario. En la tarde del 26 de Julio de 2012, sin embargo, la Providencia me regaló vivir ese momento como testigo directo, casi como protagonista. Creo que quienes participamos en ese descubrimiento (aquí puedes ver cómo lo valoró la televisión autonómica aragonesa a la mañana siguiente: ¡abrimos el informativo más visto de la Comunidad Autónoma, Aragón Noticias!) recordaremos ese momento como algo casi mágico (de hecho, hay incluso testimonio en vídeo del instante del hallazgo de la primera de las cinco inscripciones: pincha aquí). Precisamente, en estos días, además, hemos sabido que el número correspondiente a 2014 de la revista Archivo Español de Arqueología -la misma en la que se publicó el conjunto epigráfico Labitolosano al que antes aludíamos- acogerá el estudio, firmado por Ángel A. Jordán y por nosotros mismos, de ese conjunto, del que, en cualquier caso, nos hemos ocupado hace no mucho en un trabajo que se incluye en un espléndido volumen que también va a ser de referencia y que está a tu disposición en la página web del yacimiento de Los Bañales (JORDÁN, Á. A., y ANDREU, J.: "La presencia privada en los foros hispanos a la luz de dos programas epigráficos hallados in situ en el foro de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza)", en IGLESIAS, J. M., y RUIZ, A. (eds.): Paisajes Epigráficos de la Hispania Romana: monumentos, contextos, topografías, Roma, 2013, pp. 127-144).

Sin embargo, al margen de haber vivido la emoción de semejante hallazgo, haber conocido -como consecuencia de él y a resultas de la iniciativa de protección en la que pensó, para tan singular conjunto, la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón- a Chema Laborda, maestro cantero natural de Biota (Zaragoza) -que fue quien, como se explicaba en un vídeo emitido no hace mucho por CanalUNED (pincha aquí), dirigió la elaboración, artesanal, de las réplicas de ese conjunto en el marco de la tristemente clausurada Escuela Taller del Gobierno de Aragón en Sádaba-, ha sido -desde luego- todo un hallazgo. Este post, en realidad, está inspirado en el último trabajo que, en el marco del Plan Impulso del Gobierno de Aragón, este auténtico quadratarius de nuestros días, ha realizado: replicar el conjunto de pedestales de la supuesta curia de Labitolosa, ese sensacional hallazgo epigráfico del que empezábamos hablando en este post, "neopedestales" que figuran ya -pues el trabajo se ha terminado hace pocas semanas- en dicho enclave arqueológico del Alto Aragón. Como Chema, que ha desarrollado ese trabajo en los talleres de la cantera Olnasa, en Uncastillo -muy cerquita de Los Bañales- nos ha hecho partícipe de él nos pareció que un álbum de fotos que recogiera el proceso material de la fabricación de una inscripción podría resultar útil para la sección Epigraphica de este blog, entre otras cosas porque, como comentábamos hace algunos meses en este mismo Oppida Imperii Romani (pincha aquí), nos faltan, a quienes enseñamos Epigrafía Latina en el sistema universitario español, recursos pedagógicos en red que resulten atractivos a los estudiantes y que acerquen, también, la disciplina, al gran público.

El álbum en cuestión, titulado "Un quadratarius en el siglo XXI: el proceso material de una inscripción romana" y alojado en Flickr (pincha sobre el título), permite caracterizar muy bien las herramientas, los personajes y las destrezas que intervenían en el arte de "maquetar" (ordinare) y de grabar (sculpere) textos sobre piedra, fundamentales como medio de comunicación en época romana. Podría decirse que, el proceso -que se llevaba a cabo en talleres específicos que conocemos como "oficinas lapidarias" (además de recurrir al clásico trabajo de SUSINI, G.: Il lapicida romano. Introduzione all'epigrafia latina, Roma, 1968, inevitable, para profundizar en este concepto, y conocer la bibliografía básica, en red puedes leer, en castellano, a ESPINOSA, U.: "Una officina lapidaria en la Comarca de Camero Nuevo (La Rioja)", Gerión, 2, 1989,  pp. 403-416), y ya sabes que conservamos un cartel de una de ellas, la que funcionó en Palermo, en Sicilia: CIL X, 7296- tenía, cuatro partes: [I] recepción del borrador por parte del comitente, [II] maquetación del texto y preparación del soporte que iba a recibirlo, [III] grabado del epígrafe propiamente dicho, y [IV] acabado y perfeccionamiento del soporte. En definitiva, el quadratarius o scriptor titulorum era, a la vez, el que imaginaba, componía -de acuerdo con el cliente- y grababa, los textos epigráficos. A partir de ese momento, ya sólo quedaba la colocación (dedicatio) de la inscripción en el espacio -funerario, cultual, público- para el que aquéllahabía sido pensada (volvemos a recomendar aquí seguir la entrevista "La cultura epigráfica de los romanos", realizada hace algunos años a Géza Alföldy -si es la primera vez que el lector oye este nombre, no deje de leer la semblanza que, sobre su persona y su obra ha publicado F. Beltrán Lloris no hace mucho en Espacio, Tiempo y Forma. Serie 2, 25, 2012, pp. 15-18- por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

[I] Lógicamente, cuando una persona deseaba grabar una inscripción esa persona -a la que normalmente, en la jerga epigráfica, llamamos "comitente", "promotor" o "dedicante"- lo que hacía era dirigirse a un taller artesanal especializado en la producción de este tipo de tituli (cuyos profesionales, los quadratarii, no debían ganarse mal la vida según nos cuenta Luciano de Samósata -Luc. Somn. 3-9 y 18-) y bien comunicar verbalmente al quadratarius qué deseaba expresar en la inscripción -y cómo deseaba hacerlo, destacando qué parte del mensaje era la más importante- bien entregarle un borrador con el texto que es lo que, técnicamente, denominamos la forma. Lógicamente, no hemos conservado formae -"borradores"- de ninguna de las inscripciones grabadas en el Occidente Romano aunque no es difícil imaginar que estas formae tomarían el aspecto de tabulae ceratae -tablillas de cera- o de tabula scriptae como las que han aparecido -aunque, en ese caso, con función contable y de correspondencia personal respectivamente- en Pompeya (Italia) y en Vindolanda (Reino Unido) (sobre la figura de los scriptores, puede verse, CALABI, I.: "Scriptor titulorum", en Enciclopedia dell'Arte antica Classica e Orientale. 4, Roma, 1965, p. 123).

[II] A partir del momento en que el artesano conocía las intenciones del comitente y el tipo de encargo que aquél le había hecho, como sigue haciendo un cantero en la actualidad, tal vez no sin antes realizar algunos ensayos (sobre estos hay abundante bibliografía recogida en ANDREU, J.: "El proceso material de la inscripción latina", en Fundamentos de Epigrafía Latina, Madrid, 2009, pp. 121-142, también accesible, para compra en red, desde aquí) aquél procedía a adaptar el texto que se quería transmitir al espacio disponible en el soporte de la inscripción, en la piedra. Es el procedimiento -totalmente clave en la producción de inscripciones romanas- que, en Latín, llamamos ordinatio -"maquetación"- y que junto con la sculptura -el "grabado"- constituían las acciones básicas -así lo pregona el cartel de Palermo antes referido- de cualquier taller de tituli. Para esa acción de la ordinatio, si el quadratarius era hábil, solía servirse de una serie de líneas guía que, ocasionalmente, son perceptibles en las inscripciones conservadas (por ejemplo CIL II2/5, 930 Oningi -ver foto aquí, con marcas de esa ordinatio: para un caso recientemente publicado, puede verse TANTIMONACO, S.: "La ordinatio de inscripciones romanas sobre piedra: un testimonio inédito de Cacera de las Ranas (Aranjuez, Madrid)", Habis, 44, 2013, pp. 185-201 que, en pp. 189-190, n. 15 aporta, además, notable bibliografía sobre la cuestión-) y que, si no se hacían o el quadratarius era especialmente torpe podrían forzarle, en última instancia bien a tener que incluir letras apretadas en espacios reservados para otras o elaborar, para ahorrar espacios, nexos entre letras (al primer fenómeno es a lo que llamamos litterae inclusae: no dejes de visitar el repertorio de inscripciones romanas de la American Academy in Rome, ¡totalmente digitalizado!: pincha aquí, seguro que encuentras algunos casos) o a, cuando entregaba el resultado final al comitente, tener que incluir parte del texto fuera de la "caja" que había elaborado para aquél en ese proceso previo de maquetación, "caja" que, además, debía tener en cuenta que, según el espacio disponible, cada caracter, cada letra de la inscripción, debía, imaginariamente, incluirse en un rectángulo o en un cuadrado (pincha aquí). Fue, de hecho, de ese modo, como se configuran las diversas variantes de lo que denominamos la paleografía de las inscripciones, según expresión acuñada por MALLON, J.: Paleographie Romaine, Madrid, 1952, una obra de referencia en la disciplina (pincha aquí para una detallada revisión -publicada en L'Antiquité Classique, 23-1, 1953- de lo que la misma supuso para los estudios epigráficos a mediados del siglo XX). En la Península Ibérica tenemos un curioso ejemplo -entre otros muchísimos (resulta muy útil a este respecto el ejemplar estudio de CEBRIÁN, R.: Titulum fecit. La producción epigráfica en las tierras valencianas, Madrid, 2000, en parte disponible en red)- de la antes aludida falta de pericia de los quadratarii, IRVT, 134 de Aldaia (Valencia) donde el lapicida tuvo que incluir de manera abrupta un dato clave-nada menos que el nombre de uno de los dedicantes, Masclin(us)- que había olvidado (fíjate en la imagen, abajo a la derecha: pincha aquí). Es posible que en esa labor de la ordinatio, tras la fijación de las líneas guías, el artesano grabase someramente las letras (así se ve en una tardía inscripción, inacabada, de Tarraco: RIT, 984 que, precisamente, se recoge en el aparato gráfico del artículo de S. Tantimonaco antes enlazada) para, después, proceder ya a la incisión en bisel de las mismas que constituiría ya el tercer paso. Así se sigue haciendo, de hecho, hoy otorgando el bisel a las letras sólo en un segundo momento.

[III] Una vez adaptado el espacio que ofrecía el soporte -y la naturaleza material del mismo- al texto que debía grabarse, comenzaba, propiamente, la acción de scriptor del quadratarius: la grabación del texto propiamente dicha. El artesano procedía, con las mismas herramientas con que trabajan los canteros modernos (para un repertorio iconográfico de este tipo de herramientas y de talleres resulta extraordinariamente útil el catálogo de ZIMMER, G.: Römische Berufsdarstellungen, Berlín, 1982, pp. 161-175) a esculpir las letras (para descubrir los secretos del grabado de las letras sobre una piedra, puedes ver esta demostración filmada -pincha aquí- de  Richard Grasby -autor de Letter Cutting in Stone: a Workbook, Londres, 2011 o, también, ver a nuestro quadratarius en acción hace un par de años, cuando trabajaba en las réplicas del sensacional conjunto de inscripciones de los Fabii y las Porciae del foro de Los Bañales -pincha aquí-, además de, por supuesto, fijarte en las fotos que ofrecemos en el álbum que complementa este post: pincha aquí). Éstas, ocasionalmente, eran remarcadas, una vez terminada su grabación, con colores vistosos, la denominada rubricatura de la inscripción, que consistía en repintar su texto para hacerlo aun más visible como puede verse, por ejemplo, en algunas inscripciones de las expuestas en el Römisch-Germanische Museum de Colonia, en Alemania, por ejemplo, CIL XIII, 12601 -con foto aquí- o CIL, XIII, 8308 -con foto aquí- (para las inscripciones de Colonia Agrippinensium, es fundamental el "banco de datos" de Römische Inschriften Datenbank). Lógicamente, el texto resultante estaba siempre acorde con el lenguaje formular, y abreviado, convencional, en definitiva, de las inscripciones latinas (por cierto, ¡muy útil para estudiantes!: existe en la red un Diccionario de Abreviaciones en Epigrafía Latina, elaborado por T. Elliott, y auspiciado por la American Association of Greek and Latin Epigraphy).

[IV] Elemento clave en el estudio de la Epigrafía Latina en los últimos años ha sido el soporte epigráfico, su reivindicación por la historiografía -no es lo mismo encargar un pedestal que un altar que una placa que un bloque arquitectónico (seguimos recomendando, para hacerse cargo de la amplia tipología de soportes epigráficos atestiguados en el Occidente Latino bien un antiguo trabajo nuestro -pincha aquí- bien echar un vistazo a cómo se valoran estos en cualquiera de los corpora epigráficos disponibles en red: pincha aquí para acceder a un par de ellos). Una inscripción debe ser vista en su conjunto y, por eso, el soporte en que estaba grabada y, aun más, cómo interactuaba ese soporte con su entorno resulta fundamental (algo de eso puedes leer en este trabajo de RODRÍGUEZ, N.: "Un repaso a través de los conceptos de Epigrafía e inscripción", Documenta & Instrumenta, 10, 2012, pp.147-154 y, también, DE SANTIAGO, J.: "La Epigrafía: evolución conceptual y metodológica", Documenta & Instrumenta, 1, 2004, pp. 203-220, esp. pp. 212-217). En esa labor de culminación -y, también, antes, de preparación- del soporte intervenía, entre otras herramientas, el ascia, una especie de hacha (profusamente representada en las inscripciones romanas, fíjate -pincha aquí- en la que aparece grabada en el frontón del altar funerario AE, 2003, 1098 o en dos, muy reproducidas, que decoran la parte inferior de una hermosa estela de Reggium Lepidi, CIL XI, 961 y de otra de Bonnonia, CIL, XI, 6831) que debió ser un instrumento útil -junto con el "estilete" (graphia), el "martillo" (subula) o el "cincel" (scalprum)- para la labor de culminación -y, antes, también, de devastación y preparación- del soporte epigráfico, habitualmente acometida por los marmorarii o los serrarii, empleados habituales -aunque lo más normal es que hubiese personas polivalentes en ellos- de este tipo de talleres lapidarios que, gracias a Chema, hemos podido casi revivir.